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Con una valentía y una soltura que cuesta encontrar entre los historiadores, la autora enfrenta la interpretación ortodoxa cristiana sobre cómo una religión, proveniente de la región oriental y la más pobre y marginada del Imperio, grupo que inicialmente solo reunía a 2 millones de personas de un total de 80 millones de ciudadanos, termina instalándose como la religión única y oficial.